"Sudor, lágrimas, sangre y pasión"
- 12 oct 2017
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Imagen: Fb/Ottodent
Cuando terminó su carrera de Odontología, Humberto estaba tan emocionado como cuando un reo sale en libertad. El día de la ceremonia de graduación, nunca faltaron los profesores, los tíos, los primos; los amigos de sus padres, que eran los más curiosos; y los amigos del barrio que le hicieran la clásica pregunta: "¿Ya sabes cuál es el siguiente paso?". Él, alegre y con rostro celestial, respondía: "Sí, quiero constituir a mi hijo". Así se refería a su futura empresa: una clínica dental. Su padre, en ese momento, era el más feliz: su pequeño quería tener su propio empresa.
Después de haber culminado todo lo relacionado a la universidad, Humberto tenía que ganar experiencia para poder laborar de manera independiente. Para ello, en el 2007, se dedicó a trabajar: por las mañanas, atendía en un tímido consultorio de un amigo, cerca de su alma mater. El establecimiento estaba tan escondido que a ni él le provocaba acercarse. No obstante, al menos, un paciente recibía al día. La baja afluencia de personas y el maltrato de sus superiores, lo ahuyentaban poco a poco de ese local. Después de medio año, tomó conocimiento de lo que le siempre le decían sus padres cuando era niño: "Tú no debes depender de nadie, tú tienes que ser tu propio jefe".
A inicios del 2008, se convenció en invertir, hasta el dinero que no tenía, para que nazca su hijo. Para lograrlo, realizó diversos préstamos, y contaba con el apoyo económico de un amigo de la universidad. El centro dental se iba a ubicar en la cuadra 15 de la rebosante y extensa av. Próceres de la Independencia en San Juan de Lurigancho. Llamó, reiteradamente, a su colega, el día que tenían que realizar el depósito de la garantía del moderno local. Sin embargo, su amigo, nunca contestó ni volvió a aparecer. Evidentemente, lo traicionó: la sociedad se quebró.
Cada mañana, con solo imaginar la inmensa deuda de miles de dólares que tenía, desencaja su día a día. No sabía qué hacer. A mediados del 2008, recibió una grata noticia: su familia le ofreció el primer nivel de su hogar para que haga realidad su sueño. Él, encantado, aceptó la propuesta. Después de un año de la inauguración, empezó a tener un grave problema: identificó que las ventas eran bajas, debido a que se ubica en una zona que no era comercial.
Así mismo, desesperado y mirando al cielo, se preguntaba: "¿Qué más puedo hacer, Señor?". En enero del 2009, su hermano le recomendó que realice publicidad. Sin embargo, Humberto, se negaba, dado que no confiaba en eso. Al siguiente mes, estaba tan atormentado que empezó a hacer lo que nunca en su vida imaginó: salió a la rebosante avenida Próceres a entregar una pequeño papel que contenía los servicios que brindaba, acompañado de un descuadrado mapa con la ubicación de su local. "Sí, era tanta mi impotencia que yo mismo salía a las calles entre las 12:00 pm y 4:00 pm., bajo ese inmenso calor de verano, a realizar volanteo", cuenta Humberto.
Semanas después, la valerosa acción tuvo buenos resultados: la visita de pacientes empezó a crecer ligeramente. Las ventas aumentaban. Los ingresos subían. Fue en ese tiempo que determinó invertir más en estrategias de publicidad. En el 2010, pasó de tener una silla odontológica a contar con tres. Como fruto del buen trabajo que realizaba, inauguro un consultorio en el distrito de Santiago de Surco, en el 2011.
Nada fue fácil. "Todo me ha costado sudor, lágrimas, sangre y pasión.", afirma Humberto.










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